Nereida, la entrega personificada


Hace ya algunos años que me presentaron a Nereida, una joven de azabache y larga cabellera, ojos aguamarina y frágil a la par que exuberante apariencia. Tímida en sus formas pero con un enorme magnetismo , no pude evitar sentir una gran curiosidad por ella de inmediato. Nos presentaron en una cena entre amigos del ambiente BDSM en un chalet a las afueras de la capital, ella ataviada con un vestido negro deslavado que resaltaba sus preciosas y seductoras curvas, las realzadaba más aún con unos altísimos stilettos rojos con los que se notaba que estaba cómoda. De inmediato pregunté al anfitrión si ella tenía dueño y entre risas cómplices me aclaró que ella era una mujer libre.

Tomé asiento en el diván de cuero negro que había en el salón y encendí un cigarro, nuestras miradas se cruzaron al instante y la invité a sentarse junto a mi. La química era más que obvia y estuvimos conversando durante largo rato antes de la cena. Una vez la comida estuvo lista, tomamos asiento y Nereida aceleró sus pasos para sentarse a mi izquierda.
Comimos y bebimos a cuerpo de rey, disfrutamos de las bromas y confesiones de los que allí nos encontrábamos, no paramos de reír durante toda la velada. En aquella reunión había personas de varias nacionalidades y por su puesto se hablaba en inglés, algunos con mayor fluidez que otros, pero resultaba de lo mas entretenido observar los gestos y expresiones de algunos de los invitados, al darse cuenta de lo que entre nosotras estaba surgiendo de manera natural. Nereida, siempre pendiente de mi, servía mi plato y mi copa con una tímida sonrisa que me encandilaba.
Una vez hubo terminado el banquete, caminamos hacia el jardín para comenzar con los combinados y seguir charlando al frescor de la noche. Algunos se bañaron en la piscina, otros jugaban entre ellos y el resto conversábamos entre risas malévolas y miradas perversas.

Hubo un momento de la noche en el que les pareció muy divertido tirarnos a Nereida y a mi a la piscina, con zapatos incluidos, seguidamente todos acabaron dentro. Ahogándonos los unos a los otros y jugando como niños. Era pleno agosto con lo cual no molestábamos a los vecinos con tanta diversión, salimos de la piscina y mi querido amigo, el anfitrión nos dejó algunas toallas y camisetas para secarnos y cambiarnos. Íbamos con todo el maquillaje corrido y caladas, ¡la estampa era de lo más divertida! Una vez terminada la fiesta y cuando todos se fueron a descansar, Nereida y yo nos quedamos por fin a solas, sentadas al borde de la piscina, con una copa en la mano y entre confesiones y miradas cómplices.

Todo lo que a partir de ese momento aconteció fluyó con naturalidad, sus pezones erectos se asomaban por debajo de la camiseta, su mirada dulce se tornaba servicial y sumisa, sus mejillas se enrojecían y con movimientos suaves y elegantes cual danza, sacó sus pies del agua y se arrodilló ante mi… estiré de su colgante hasta acercarla por completo a mi, posó su torso en mis piernas y erguí su trasero, pasé mi mano por su sexo y estaba empapado, mi yo más sádica despertó. Comencé a probar sus reacciones, su piel se erizaba y gemía muy muy bajito. Un azote, otro, otro y otro más. Besaba mis manos y pedía más, no podía negarme ante tal tentadora invitación…una serie tras otra hasta que ambas quedamos exhaustas. La levanté de mis piernas y me sumergí en el agua invitándola a acompañarme, todo lo que pasó en aquella piscina a altas horas de la madrugada lo reservo para mis recuerdos y a la imaginación de quien lea nuestra historia.

A la mañana siguiente, casi todos se habían ido ya, solo quedábamos cuatro personas: mi anfitrión y su sumisa, Nereida y yo. Almorzamos y nos dimos un baño, ya era hora de dejar de abusar de la hospitalidad de nuestros queridos amigos. Nereida quiso acompañarme y tras despedirnos, volvimos a la ciudad, la bella mujer que la noche anterior había conocido, sin una gota de maquillaje y con gesto de cansancio, era aun mas atractiva de día. Intercambiamos los números de teléfono y quedamos en vernos el siguiente fin de semana. Ambas deseábamos volver a vernos, ella me fascinaba, su inteligencia me encandilaba, dulzura, elegancia, timidez… estaba embrujada sin darme cuenta. Durante la semana no paraba de pensar en ella, deseaba que llegara el viernes para volver a verla, nos encontramos a la hora de la comida en un japonés, disfrutamos de la comida y paseamos por el centro durante toda la tarde, hasta que me invitó a pasarnos por su casa y probar un nuevo caldo que acababa de traer de Francia.¡Estaba buenísimo! el tiempo pasó volando en su compañía y me pidió que me quedara a dormir, era muy tarde y habíamos bebido demasiado vino. No era buena idea, volver a altas horas de la madrugada. Así que me quedé y al despertar la mañana siguiente,me despertó el primer concierto de Brandenburgo que sonaba de fondo, las persianas estaban casi bajadas y desde la cama podría verla haciendo el desayuno… ¡divina visión!, me levanté de la cama y ella con una preciosa sonrisa besó mis manos, desayunamos y mientras disfrutaba de mi cigarro matutino de repente con una sonrisa hasta las orejas me preguntó si podría algún día aspirar a ser mía… “¡por supuesto!, no te voy a dejar escapar bella mía” contesté. Se levantó de la mesa y recogió los platos bailoteando llena de alegría. Estuvimos conversando y jugando durante todo el fin de semana y cuando llegó el lunes, ambas volvimos a la rutina muy a nuestro pesar…

Así pasaron las semanas y los meses, nos fuimos enamorando sin darnos cuenta, su entrega y devoción llego al punto de esclavitud, sin esfuerzo, pues cuando se ama, no cuesta entregarse y superarse a uno mismo. Nuestra pequeña burbuja nos encantaba, nos íbamos de viaje los puentes y fines de semana, cuando los estudios y el trabajo nos lo permitían… transcurrió casi un año a su lado, hasta que el amor se nos acabó, como dice la canción: de tanto usarlo.