Mi mayor placer: el látigo


Este es uno de los relatos que uno de mis admiradores a escrito hacíendome protagonista, puede o no corresponder con la realidad, eso lo dejo a tu imaginación mi queridx lector.
Este, es uno de esos placeres que le ofrece la vida a una diosa de mi posición, y que muy pocos, por no decir nadie, tiene el privilegio de disfrutar. Dios creó a la mujer, y a continuación creó al esclavo, para que dispusiera de él a su antojo. A pesar que todo el mundo crea, el látigo no lo inventó el hombre, si no que fue la inteligencia superior de la mujer.
En mi caso el látigo, es una herramienta fundamental, más bien es una prolongación de mi propio cuerpo, que me gusta manejar con frecuencia, ya que me libera del estrés cotidiano, además de crearme una fuente de bienestar inagotable.
Hoy, es un día cualquiera de esos, en que me dispongo a enseñar obediencia y respeto, a uno de mis esclavos. He escogido uno al azar de entre el ganado que poseo, ya que no puedo elegir uno concreto, que sea especialmente estúpido o torpe, y ello es debido a que es algo genético en el hombre el serlo.
Mi esclavo se encuentra convenientemente atado a una cruz en la pared de mi sala de aprendizaje. Es una lugar muy amplio, vacío de muebles, a excepción de un cómodo sofá, donde suelen a veces disfrutar del magnífico espectáculo otras Dominas, e incluso participar de los eventos que celebro.
Me encamino decidida hasta donde se encuentra el afortunado con paso firme; el silencio de la sala se rompe únicamente con el sonido de los altísimos tacones de mis Loubotin. Como no podía ser de otra manera, tanto mi vestuario como mi calzado denotan mi clase, ya que están solo al alcance de una Diosa, y por supuesto todo ello pagado con el esfuerzo y a cuenta de mis esclavos
Una vez me encuentro a espaldas de mi esclavo, le observo con la más absoluta indiferencia. Su patético aspecto desnudo, encadenado e indefenso, no me pasa indiferente. No pierdo oportunidad para dirigirme a él, en tono altanero, prepotente, soberbio, como corresponde a alguien de mi posición.
Le indico que él está allí únicamente para mi disfrute. Que no tiene ningún sentido su miserable vida más que el servirme para mi entero placer. Una vez le dejo clara su situación, llega el momento de disfrutar de mi látigo.
Un hermoso e interminable látigo de piel de canguro hecho a mano, en color negro y perfectamente equilibrado. Mi látigo es una prolongación de mí, con el que me gusta estimular, marcar, y arrancar la piel de mis esclavos. Es un autentico placer ver como una y otra vez, mi látigo vuela desde donde yo me encuentro hasta su cuerpo desnudo, y le hace entrega de mis caprichosos deseos.
Su velocidad es del todo asombrosa, no termina de depositar sobre su cuerpo mis caricias, que ya está nuevamente dirigiéndose hacia él como una centella. El sonido que hace a cada movimiento, lo llena de mi propia energía. Mi esclavo siente en su espalda como esta magnífica cuchilla, le va cortando su piel para mi deleite, al momento que veo como pequeñas gotas de su sangre, se van deslizando por la gravedad hacia el suelo, sin que lleguen nunca a terminar de caer, compitiendo con sus lagrimas las cuales inundan sus ojos, mientras suplica en su interior una y otra vez que termine el suplicio.
Mi poder es absoluto y le ordeno que cuente y agradezca cada uno de los azotes que tiene el privilegio de recibir de mi látigo. Con el sonido de cada latigazo apenas le oigo, así que le ordeno que alce su voz, para que pueda escuchar con claridad el número de azotes. Sus quejidos son continuos, así que decido finalmente amordazarle su estúpida boca para evitar escucharle.
Una y otra vez le voy marcando su espalda mientras disfruto del castigo. Mi habilidad con el látigo es tan perfecta, que allí donde decido golpear, al instante aparece una nueva marca. Por momentos observo que su resistencia a mi Látigo va disminuyendo, como no podía ser de otra manera, y poco a poco va dejando de emitir quejido alguno.
200, 300 latigazos, he perdido la cuenta del número de azotes, pero da igual, me encuentro en un momento eufórico que nadie ni nada me hará detener. Cuando decido YO que ya es suficiente por el momento, enrollo cuidadosamente mi herramienta de placer, y me siento cómodamente en el sofá, mientras con sendas palmadas aviso a mi sirviente personal, que me prepare una cerveza bien fria mientras admiro la labor realizada.
Obligo a mi esclavo a permanecer mientras tanto atado a la cruz, antes de soltar sus cadenas, y cuando yo lo creo oportuno, le señalo con la mano mis preciosos zapatos para que proceda a besarlos, y pueda agradecer mi esfuerzo y dedicación que he tenido en educarle.
Ha vuelto a quedar de manifiesto mi superioridad….