El placer de la doma


Este es uno de los relatos que uno de mis admiradores a escrito hacíendome protagonista, puede o no corresponder con la realidad, eso lo dejo a tu imaginación mi queridx lector.

Recientemente he adquirido en mis caballerizas un nuevo animal para la monta, el cual lógicamente todavía esta sin adiestrar. Esta labor, es una de esas cosas que tanto placer me ocasionan, y que me hacen disfrutar al desempeñar. El ejemplar en cuestión luce buen porte, con una excepcional musculatura, y cabellos negros.

Me encuentro en mis cuadras, y me dispongo a colocar la silla de montar sobre su cuerpo, cosa que como de costumbre, por la estúpida ignorancia del animal, me resulta ciertamente laboriosa, ya que se opone a ello. Con mi fusta comienzo a aplicarle selectivos azotes para apaciguarle, lo cual consigo al noveno o décimo fustazo.
Una vez he colocado la silla sobre la bestia de monta, y debidamente amarrada con las correas, el siguiente paso es ponerle el bocado entre sus dientes; de igual manera, debo volver a manejar con cierta sutileza y firmeza mi fusta, para hacerle entrar en razón y enseñarle quien manda. Esto viene siendo lo habitual con animales inexpertos, que al principio muestran su innata rebeldía, pero que al final terminan por obedecer, como machos inferiores que son.
Me alzo sobre la silla, y coloco amb as botas de montar en los estribos. Para la ocasión he elegido sendas espuelas de castigo, con el gallo en forma de estrella, y con las puntas bien afiladas, ya que la experiencia me ha enseñado, que son las más eficaces con animales primerizos, y vienen a dar mejores resultados. Ocasionan importantes heridas sobre la bestia, pero me ahorran un tiempo muy valioso en la doma, y al fin y al cabo es lo verdaderamente importante.
Con esto no quiero decir ni mucho menos, que no disfrute practicando la doma, en absoluto es mi caso, pero me causan un especial placer utilizarlas, al ver cómo reacciona mi animal de monta, a los estímulos caprichosos que le administro continuamente.

Cuando ya me he acomodado debidamente sobre la silla de mando, suelto la cuerda que le tiene inmóvil a la pared, y le índico el camino a seguir con las riendas que lleva sujetas al bocado. Al comienzo, y como es de esperar, no obtengo resultado alguno, por lo que debo emplear mi látigo sobre los cuartos traseros del animal, para obligarlo a que camine. A pesar de su natural rebeldía, éste termina por acatar mis órdenes, e inicia el camino fuera de las cuadras. Lo dirijo, a un recinto de arena acotado por 4 vallas, en forma de cuadrilátero.
He de decir, que mi porte sobre la bestia de monta no luce nada mal, al contrario, es bastante señorial, y denota gran autoridad.
Al momento de entrar al recinto, sujeto con fuerzas las riendas y aplico con violencia mis espuelas sobre sus flancos, consiguiendo al segundo que la bestia empiece a moverse con cierta rapidez.
Desde el fondo se su garganta, se intuye una especie de quejido, y digo se intuye, ya que el bocado firme que tiene entre sus dientes, le impide emitir cualquier otro tipo de sonido, lo cual es muy de agradecer por mis oídos.
El placer que me produce espolear a la bestia sin compasión, me hace llegar a un principio de orgasmo. Los pezones de mis pechos, comienzan a ponerse duros y de punta, y por mi sexo noto correr un torrente húmedo, que me hace sentir poderosa y respetada al mismo tiempo.
Mi montura intenta revolverse para liberarse de mí, pero es inútil e infructuoso cualquier esfuerzo suyo por conseguirlo. Mi poder es total y absoluto, y no es capaz de evitar que caprichosa y repetidamente, clave mis espuelas sobre él. Una y otra vez le espoleo, y una y otra vez obedece mis órdenes al instante.
Es ley de vida que así sea, que las fuertes y dominantes sometamos a los débiles y sumisos.
A través de mis botas de montar, noto como el corazón de mi animal de monta late con furia extrema, al mismo tiempo que el sudor de su cuerpo se hace cada vez más apreciable por su fuerte olor, y porque observo, como mis botas empiezan a humedecerse cada vez más, al igual que mi sexo, el cual no para de fluir líquido.
Es tal el sobre esfuerzo al que le someto, que está a punto de llegar a la extenuación, por lo que decido darle una tregua, y tirando con firmeza de las riendas, le ordeno detenerse para que pueda recobrar cierto aliento. Me encuentro subida sobre la silla de mando cómodamente sentada, contemplando desde mi posición de privilegio a mi animal de monta, sumiso, derrotado, humillado, complaciente, dócil y muy obediente, extremadamente obediente, mientras saboreo un cigarrillo tranquilamente disfrutando del momento.
Terminado este relax momentáneo, decido que ya es momento de volver a los placeres de la vida, y le exijo la máxima atención a mis órdenes, algo que me resulta muy fácil, ya que entre mi esclavo y yo a estas alturas, ya se ha entablado una conexión magnífica, puesto que por su parte, se aprecia un interés desmedido en anticiparse a mis deseos, y de esta forma evitarse el recibir en sus carnes, esos puyazos a los que tanto miedo tiene, y que tanto placer me ocasiona a mi aplicarle.
Puedo asegurar sin ningún lugar a dudas, que la comunicación no-verbal entre amazona y animal de monta es magnífica, algo por otra parte de lo más normal, ya que en mi caso, no consiento que se desobedezcan mis órdenes;
Como no podía ser de otra manera, he conseguido someter su voluntad de macho, aplacando su hombría y doblegando su estúpido orgullo, convirtiéndole en el perfecto sumiso como si de un perrito faldero se tratase, el cual viene a lamer la mano de su AMA, para que le de protección y alimento.
Cuando decido YO dar por terminada la clase de doma, le retiro la silla de sus castigados hombros y con un chasquido de mis dedos señalando el suelo, le ordeno arrodillarse para lamer mis costosas botas de montar, y así eliminar de ellas el fétido sudor desprendido de su cuerpo de bestia.
Por fin, ya le ha quedado suficientemente claro, cuál es la relación existente entre él y yo, Sabe perfectamente a quien debe respetar, obedecer, servir y complacer… mi animal de monta ya sabe de quién es propiedad.